El sudor nocturno en La Habana es algo vivo. En el Club Social La Vitrola, las paredes parecen respirar: pintura turquesa descascarada, el tintineo de las botellas de cerveza, ventiladores de techo que avivan los fantasmas de los boleristas del pasado. La cámara de Kamila graba, su luz roja parpadea como un latido. El zumbido de la expectación. Alguien dice: “Ya viene Telmary”.
Y entonces aparece; no tanto subiendo al escenario, sino llegando, imponente, su presencia más grande que el espacio mismo. Un turbante azul hace un guiño a la santería, una sonrisa serena que esconde tensión. La banda da la primera nota —metales y tambores tejiendo un pulso más antiguo que el edificio— y de repente la noche cobra rumbo.
Esta es Telmary Díaz, la líder del hip-hop en La Habana, la mujer que convirtió la palabra hablada y los ritmos afrocubanos en algo feroz, femenino e imparable. En una ciudad que una vez luchó por hacer espacio para el rap —y para las mujeres en él—, ella se yergue al frente y al centro, despreocupada, luminosa. Al verla dominar ese escenario habanero, pensé en cómo una vez cambió este calor por el invierno de Toronto, pero regresó. La mayoría no lo hace. Decía que Cuba era su musa, y allí de pie en La Vitrola, con el sudor resbalando por las paredes, se puede entender por qué. Ninguna otra ciudad alimenta sus palabras como esta.
Kamila se agacha junto al escenario, la cámara zumbando, su sonrisa en la penumbra; tiene esa mirada que dice que esta noche vamos a atrapar un rayo.
Telmary comienza con “Fuerza Arará”. Es menos una canción que un ritual. El título, tomado del pueblo Arará de ascendencia dahomeyana, lleva el peso de los tambores ancestrales. Su voz es un canto, un hechizo, un manifiesto sincopado. El público se balancea, medio bailando, medio testificando. Ella no rapea al ritmo; Ella está dentro, empujando y tirando como la marea. “Soy de La Habana”, declara —soy de La Habana— y la sala responde como un eco.
Recuerdo haber leído que una vez se llamó a sí misma “una hechicera de la palabra”. Ahora tiene sentido. Habla, y el aire se reorganiza.
La historia de Telmary es pura alquimia habanera. Nacida en 1977 de madre periodista y padre sociólogo, primero quiso ser escritora. Entonces, una amiga la arrastró a una noche de poesía de estilo libre, y el escenario la reclamó. De ahí surgió Free Hole Negro —el grupo de hip-hop inicial con un nombre travieso (frijoles negros en el argot cubano)— y más tarde Interactivo, el colectivo de jazz-fusión que desbordó las fronteras musicales de La Habana.
Cuando se lanzó en solitario con A Diario en 2007, no perseguía la fama; estaba haciendo una crónica de una ciudad. Ese álbum le valió un premio Cubadisco y la consolidó como la voz femenina líder del hip-hop cubano, aunque nunca le gustó la etiqueta. “No soy solo una rapera”, dijo una vez. “Soy una comunicadora, una poeta de jazz”.
Te lo crees cuando la ves en vivo.
La Vitrola parece una olla a presión. Los camareros han dejado de servir. Kamila suda por la camisa, agachada, enmarcando a la bailarina. Suena la trompeta, el baterista se lanza a una rumba a doble compás, y Telmary fluye fluidamente entre el español y el inglés, entre la rima y el canto.
Es imposible no pensar en su conexión con Dr. John, ese mago de Nueva Orleans. Dos ciudades unidas por el calor, el ritmo y la travesura.
Su colaboración —”Tight Like This”— podría ser el ritmo transatlántico más natural jamás grabado. Dr. John revisita el espíritu de Louis Armstrong, Arturo Sandoval a la trompeta y Telmary soltando versos en inglés y español con sabor habanero, todo deslizándose sobre un ritmo sincopado. Una improvisación vudú de Crescent City se fusiona con el hip-hop afrocubano: el sonido de dos culturas que se reconocen en el espejo.
Dr. John dijo una vez que lo pasó “de maravilla haciendo cosas con Telmary Díaz de Cuba”. Casi se puede oír esa sonrisa en su voz. Ella igualó su determinación con gracia, convirtiendo la canción en una conversación a través de los océanos. Ese vínculo entre La Habana y Nueva Orleans, la santería y la segunda línea, la rumba y el jazz: Telmary se encuentra justo en el medio, decodificando ambos idiomas a través del ritmo. Tiene su bolsa de Gris Gris en la mano.
De vuelta en La Vitrola, ahora predica por el micrófono. No es religión, sino revelación. “La fuerza está aquí”, le dice al público. La fuerza está aquí.
Y se siente. Esto no es hip-hop importado; Tiene raíces, es de la tierra, está impregnada de la esencia de los tambores yoruba y las historias de las esquinas. Rapea sobre el poder, la feminidad, las contradicciones de La Habana; no el sueño americano, sino la realidad cubana, humeante, ardiente, poética, viva.
Su éxito es radical e inevitable. Es la prueba viviente de que la llamada periferia —los callejones de La Habana, el underground— es el nuevo centro.
Cuando termina el concierto, Kamila baja la cámara y se queda mirando fijamente al escenario. “¿Viste eso?”, pregunta, sin esperar respuesta.
Afuera, La Habana Vieja bulle con las conversaciones posteriores al espectáculo y el lejano retumbar del reguetón de otro bar. Pero es la voz de Telmary la que perdura: esa mezcla de ron, rebeldía y luminosidad.
Antes de regresar a La Habana, dijo en una entrevista: “Cuba es mi mejor musa”.
Y es cierto. La musa está aquí mismo: en la pintura desconchada, el sudor, el ritmo, las risas que resuenan en La Vitrola.
Telmary no solo actúa en La Habana. La evoca.