En El Grito siempre nos han atraído las corrientes musicales que van y vienen a través del Atlántico: ritmos que parten de África, mutan en Cuba y regresan a casa con nuevas formas, nuevos acentos y viejos recuerdos disfrazados de modernidad. No nos propusimos obsesionarnos con este vaivén; fue el propio vaivén el que nos atrapó. Pero Roots in Reverse, de Richard Shain, le dio columna vertebral a esa obsesión. Su libro no solo aclaró el momento afrocubano en la música senegalesa: puso nombre a eso que sentíamos sin llegar a comprender del todo.
La reciente muerte de Shain proyecta una sombra larga, pero también una cierta claridad: si existe una banda que hace sonar su tesis con fuerza cinematográfica, es Orchestra Baobab; y si hay un tema que la cristaliza, es “Utrus Horas”.
Una canción que parece Dakar soñando con La Habana y La Habana soñando con Dakar —una cinta de Möbius melódica donde origen y retorno se confunden. Es la pieza que nos obligó a detenernos, mirar los altavoces y pensar: esto es el Atlántico hablándose a sí mismo.
La Banda Bajo el Baobab, Nacida de un Golpe Musical
Baobab surgió a finales de los años sesenta en un club nocturno construido alrededor de un baobab gigantesco en la Medina de Dakar, un detalle demasiado perfecto para ser inventado. Pero su nacimiento no fue solo romántico: tuvo un punto político, incluso travieso. Los dueños del club sedujeron a músicos de la poderosa Star Band de Dakar, la gran fábrica de talentos del país.
De ese injerto surgió la formación que más tarde grabaría “Utrus Horas”, un tema donde las líneas de guitarra de Attisso parecen deslizarse entre claves, y la fraseo wolof se enrosca en un esqueleto de bolero como si siempre hubiera crecido allí. Incluso en sus primeros días, Baobab no imitaba a Cuba; articulaba una memoria africana filtrada a través de la luz caribeña.
La Star Band, con su elenco rotatorio de prodigios, se había convertido en algo así como la administración pública musical de Senegal: formó a casi todos los que luego definirían la historia del pop del país. Baobab fue ensamblada con sus piezas más brillantes —una escisión deliberada y descarada que anunciaba ambición desde el primer compás.
De ese injerto secreto nació una banda sin equivalente: la voz suave, casi hecha para el bolero, de Rudy Gomis; las líneas de Barthelemy Attisso, más habaneras que dakaroises; el saxofón de Issa Cissoko, desenrollando frases que flotan entre el lamento griot y el susurro de un club nocturno cubano. No imitaban a Cuba. Inhalaban un sonido que ya encajaba en su gramática interior.
Su racha de los años setenta — Baobab à Paris, Gouygui Dou Daanou, Sibou Odja y, sobre todo, Ken Dou Werente— capturó un Dakar de brazos abiertos, cosmopolita, bañado por la luz del sol pero esencialmente nocturno en su interior, y culminó en 1980 con la hermosa Mouhamadou Bamba, que encontramos aquí, en un clásico de la televisión senegalesa.
Y hay una ironía deliciosa en esa historia: Baobab nació robando músicos de la Star Band, pero la rueda giró rápido. El joven protegido de la propia Star Band, Youssou N’Dour, reescribiría pronto el guion entero de la música senegalesa. Con el ascenso del mbalax no solo se quedó con el protagonismo: se adueñó de la definición misma de lo “moderno”. Baobab, que había sido la ruptura audaz, amaneció convertida en la vieja guardia.
La Négritude, la Intelligentsia y el Sueño de una Modernidad Propia
Para entender por qué Baobab importó tanto —y por qué su paleta afrocubana cargaba un peso intelectual específico— hay que mirar el clima cultural de la élite senegalesa en las décadas posteriores a la independencia.
Las ideas de la Négritude, impulsadas por Léopold Sédar Senghor y otros, defendían que la expresión cultural africana no necesitaba rehabilitación europea ni pasarelas hacia la modernidad: ya era moderna, ya era elegante, ya era universal. La intelligentsia senegalesa anhelaba una modernidad indígena, una alternativa culta a los modelos europeos que no exigiera desprenderse de lo africano.
La música afrocubana encajaba perfectamente en ese deseo. Era moderna pero enraizada en África, glamorosa pero familiar. El son y el bolero ofrecían una cosmopolitismo africano sin la sombra colonial. En ese sentido, Baobab no era solo una banda: era la encarnación viva de un proyecto filosófico, uniendo el reflejo diaspórico con su pulso continental.
Nick Gold, el Gran Puente Accidental
Cuando Baobab se apagó en los años ochenta, arrastrada por el tsunami del mbalax, su cosmopolitismo afrocubano parecía destinado a convertirse en un recuerdo precioso. Pero de pronto, el productor británico Nick Gold encontró una copia antigua de Ken Dou Werente. Lo reeditó en World Circuit como Pirate’s Choice y, al hacerlo, resucitó a la banda.
Gold es recordado a menudo por Buena Vista Social Club, pero su carrera entera ha sido una larga carta de amor a la relación afro–cubana. Al devolverle la vida a Baobab, grabar a los veteranos cubanos en La Habana y, años después, culminar el proyecto AfroCubism, siguió la misma falla tectónica musical que Shain describiría con rigor académico.
Gold no inventó la importancia de Baobab; simplemente la amplificó en el momento exacto en que el mundo estaba preparado para escuchar esta música como parte de una historia atlántica mayor. Echa un vistazo a este clip de 2015, donde aparece una de las últimas actuaciones de Rudy Gomis.
Una Noche en el Barbican: Cuando el Atlántico se Desvaneció
Vimos a Baobab en el Barbican Centre de Londres —un lugar tan pulcro que a veces da la impresión de haber sido desinfectado acústicamente. Pero en cuanto la banda salió al escenario, el espacio cambió de textura. La primera línea de guitarra, con su tumbao insinuado, no solo sonó bien: reorganizó la sala. El Barbican, tan a menudo rígido y reverencial, se ablandó. La gente empezó a balancearse. Los hombros cedieron. Se instaló esa calidez peculiar de Baobab —la calidez de un sonido que hace respirar a dos continentes al mismo tiempo.
Y ahí es donde la tesis de Shain deja de ser teoría. Sentado allí, uno percibía el reconocimiento: el ritmo cubano como un recuerdo africano que regresa a casa; las melodías wolof deslizándose sin esfuerzo en estructuras nacidas en la diáspora; el Atlántico no como separación sino como caja de resonancia.
Durante unas horas, Londres fue Dakar, y Dakar fue La Habana, y el océano dejó de existir.
Cosmopolitas Tropicales, Aún en Pie
Shain llamó a los músicos de la era de Baobab cosmopolitas tropicales —africanos que abrazaban el mundo sin dejar de ser ellos mismos. Baobab encarna ese espíritu por completo. Su sonido nunca fue nostálgico; era una punta de lanza, una visión de Senegal como capital cultural que no necesitaba validación europea.
Su renacimiento en los 2000, las giras planetarias y el próximo álbum Made in Senegal demuestran que el bucle sigue abierto, sigue vibrando. Hay nuevos miembros, sí, pero la esencia —ese vaivén afrocubano, elegante y suspendido— permanece intacta.
Baobab no es solo importante: es significativo. Representa una modernidad africana alternativa, donde origen y diáspora se abrazan sin jerarquías.
Cuando Toca Baobab, el Bucle se Cierra
Richard Shain sostenía que la música cubana resonaba en Senegal no por exótica, sino por familiar. Orchestra Baobab vuelve audible esa verdad. En cada frase de saxofón, en cada filigrana de guitarra, en cada groove despreocupado que parece flotar fuera del tiempo, derriba la distancia entre continentes, filosofías e historias.
Son el sonido de unas raíces que corren al revés —y de África respondiendo, con plena conciencia y belleza, al reflejo de sí misma al otro lado del agua.